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miércoles, 15 de julio de 2015

Alberto Garzón construye un impecable e inapelable discurso contra la deriva financiero política europea


Repaso monumental e incuestionable a las consecuencias humanitarias y sociales de las políticas financieras feroces de los neoliberales de nuestro gobierno y sus secuaces europeos. 
¿Calarán al entendimiento estas palabras o la resistencia de sus barnices neuronales harán que todo resbale cual gotas de lluvia?

martes, 5 de marzo de 2013

‘EL FUTURO ES UN PAÍS EXTRAÑO’ Josep Fontana

Josep Fontana: «El sistema está preparado para evitar el estallido social»
Más desigualdad, menos derechos y más represión para que nadie lo cuestione. Este es el ‘extraño’ futuro que el maestro Josep Fontana augura a no ser que los movimientos de contestación social lleguen a poner el miedo en el cuerpo al sistema.
ERNEST ALÓS
Josep Fontana, en el estudio de su casa, en Barcelona. (JORDI PERDIGÓ)
De la desigualdad a las crisis, de las crisis a la privatización de los servicios públicos, de la pérdida de derechos ciudadanos a la represión para mantener este nuevo estado de las cosas. Un proceso que empezó en los años 70, que Josep Fontana apuntaba en las conclusiones de su monumental Por el bien del imperio (2011) pero al que ahora dedica un breve y amargo volumen, El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social de principios del siglo XXI (Ed. Pasado & Presente).

–La tesis ya estaba en su anterior libro. ¿El nuevo es una actualización, un epílogo, un resumen?

–Lo que ha pasado es más bien lo siguiente: cuando acabé aquel libro la crisis siguió avanzando y tuve más claras algunas cosas. Que hay una inflexión muy importante, que posiblemente había intuido pero de la que no había acabado de ver la trascendencia. Acabé aquel libro cuando la crisis teóricamente aún parecía una crisis. Pero es un proceso de mucho más alcance, iniciado en los años 70 y que aquí ha tomado fuerza después del 2008, y por el que se ha aprovechado el tinglado de la recesión para ir a un proceso de destrucción del Estado del bienestar; no solo los costes de la sanidad pública, la educación pública o el sistema de pensiones, sino un cambio en las reglas del juego que vino claramente mostrado con la reforma laboral. La naturaleza de este proceso es de una gravedad y una profundidad que nadie preveía. La esperanza de que pudiese haber algún tipo de cambio de trayectoria no era una esperanza que hubiese desaparecido. En estos momentos, la profundidad del desastre y la evidencia de que se trata de un cambio de larguísima duración, que puede continuar y tener unas consecuencias catastróficas, es una evidencia muy clara.

–Un proceso que empezó en Estados Unidos pero que acaba llegando a Europa, sostiene.
–Quería explicar los procesos por los que esto ha ido avanzando, la ocupación de la política por los intereses económicos, que es cada vez más visible. Solo hace falta ver cuál ha sido la reacción de los estados europeos ante la crisis bancaria. Excepto en Islandia, se ha optado por preservar todo lo posible el sistema. Está claro que aquí no había ningún problema de deuda pública hasta que no han asumido la deuda bancaria. El siguiente paso es la privatización del Estado mismo, el proceso de vender a los ciudadanos, y el establecimiento de un sistema represivo eficaz. Debemos darnos cuenta de que esta no es una situación temporal de la que se saldrá. A lo mejor habrá ciertos elementos de crisis que se paren, aunque de momento los síntomas, por ejemplo en Inglaterra, no son estos. Pero incluso si saliéramos de la crisis, el mundo en el que usted vivirá no será el mundo en el que habrá vivido antes de ella, sino que habrá cambiado profundamente.

–Empieza diciendo que en ningún lugar está escrito que las cosas tengan que ir mejor. Pero acaba citando a dos autores que mantienen que la única oportunidad es que el sistema no resista que las cosas vayan aún peor.
–Para mí, la reflexión como historiador va más lejos. Fuimos educados en la idea de que la historia era una narración de progreso continuado, pero comienzas a ver que esta historia no era verdad, que hay progresos y descensos y que todo está vinculado básicamente a la capacidad de lucha que hay en cada momento determinado para exigir unos derechos sociales. Que las cosas vayan a peor no es imposible. La única cosa que podría dinamitar esto es que se llegara a un momento en el que se tuviera miedo a que un estallido social profundo pudiera poner en peligro las reglas del juego, como en los años 70 y 80 desempeñó el papel de la amenaza de la URSS a la hora de hacer posible la subversión del sistema. Lo que pasa es que este está bien preparado para evitarlo. Tiene unos recursos crecientes de información y capacidad para atacar y desmontar el tipo de protesta que se puede producir.

–¿Y ese miedo no existe ya hoy?
–Se ha acabado una época, la de la vieja política más o menos socialdemócrata, en la que las cosas se negociaban. Es difícil darse cuenta de hasta qué punto durante 200 años ha habido efectivamente unos miedos que han justificado que quienes tenían los recursos en sus manos se aviniesen a negociar. Eran unos miedos irracionales. Pero eran miedos. Ahora, la exigencia a la gente para que se baje los sueldos se está convirtiendo en una cosa sistemática. Se ha acabado negociar. Han decido que las cosas tienen que cambiar y que vamos a un proceso de crecimiento de la desigualdad.

–¿Y los movimientos de protesta?
–Pero no hay alternativas. Que salgan en manifestación chiquillos no importa a nadie. Mientras vayan a la Puerta del Sol o la plaza de Catalunya y sus padres voten al PP o a CiU, no hay nada que hacer. ¿De dónde tendría que venir este estallido social? El movimiento que parecía que iba a ser el futuro, el de Occupy y los indignados, sigue funcionando pero está completamente controlado, en el sentido de que está disgregado. Se están haciendo cosas pequeñas, aisladas, frente a unos medios para controlarlas que son cada vez más eficaces. Y eso que en Europa tienen mucho que aprender de EEUU, seguramente porque tienen pocas amenazas de las que preocuparse. Los movimientos de protesta y de queja son aún de naturaleza muy puntual. Representan solo intereses sectoriales y no consiguen movilizar nada en una gran escala. Movilizarse contra las hipotecas para conseguir la dación en pago es poner una cataplasma. Pueden dormir tranquilos por este lado, y evidentemente duermen tranquilos. Aunque de momento, desde el Ministerio de Justicia se empieza, por un lado, a penalizar la protesta de manera que te pueden llevar a la cárcel por cualquier cosa, y por el otro a dificultar los medios de acceso a cualquier tipo de reclamación.

–En su último artículo en EL PERIÓDICO decía que los sobres a los políticos eran la calderilla.
–Lo importante es qué han dado las empresas para lograr contratos y concesiones. Las contrapartidas. El problema es una política comprada por los intereses económicos dominantes y contra la cual nuestra capacidad de reacción es nula, a excepción de la posibilidad de arrancarle alguna concesión mordiendo por aquí o por allá. Se ha pasado del juego de condicionar la política a privatizar el Estado mismo, a convertir esto en un sistema en que serás, fundamentalmente, un individuo que paga por cualquier servicio que necesites.

–¿Entonces podremos hablar de ciudadanía o de servidumbre?
–Sí, en un sentido prácticamente medieval. Examinar lo que sucede en EEUU es bueno porque ves que son reglas de funcionamiento que tardarán un poco más en llegar, porque el colchón de la protección social es más grande, pero que llegarán. En EEUU les dicen que el nivel de educación es fundamental para lograr un puesto de trabajo bien remunerado, que la educación es cara y que es necesario que pidan préstamos. Y el drama que en EEUU significa la deuda que los estudiantes no pueden devolver es parecido al de aquí con los desahucios. Este es el grado de perversión de las reglas sociales, mientras el sistema tiene una capacidad increíble para seguir engañando y distrayendo a la gente. El retorno a un sistema feudal es gravísimo. Por eso hablo de crisis social, no económica. Démonos cuenta de que la historia ha dado un giro global, importante, que lleva hacia donde lleva, y que es necesaria una toma de conciencia.

–El debate de la independencia, al lado de todo de lo que hemos estado hablando...
–Evidentemente representa una explosión de malestar e indignación que buena parte de la gente canaliza contra un mal gobierno, y como el Gobierno es de Madrid, piensa: «Separémonos, que no iremos tan mal». Es el más grande reconocimiento a ese malestar y a que la gente tiene el derecho a decidir. Lo que es penoso e inmoral es que haya políticos que para conseguir sus fines engañen a la gente cuando realmente saben que este camino es inviable y no lo pueden seguir. Suponga usted que, efectivamente, hacemos un referendo y que da mayoría. Entonces, ¿qué hacemos? En un coloquio me contestaron «vayamos a Europa». Sí, donde hay una ventanilla que dice «demandas de creación de nuevos estados», y les llevamos el resultado del referendo... Normalmente ninguna independencia se consigue sin una guerra de la independencia. La separación de Chequia y Eslovaquia fue un hecho anormal que no tiene nada que ver. Las independencias de Yugoslavia se consiguieron con mucha sangre y con apoyo militar extranjero. Pensar que hay un plan viable y realizable que pasa por la celebración de un referendo y posteriormente negociar una separación, hoy día, es una fantasía chinesca. 


Fuente: http://epreader.elperiodico.com/APPS_GetSharedNews.aspx?pro_id=00000000-0000-0000-0000-000000000001&fecha=03%2F03%2F2013&idioma=0&doc_id=e623e015-86a3-4263-9b72-c577f6c5fab2&index=no

jueves, 27 de septiembre de 2012

Anticipando un estallido. Julio Anguita


Julio Anguita González (Fuengirola, Málaga, 1941) ha vuelto. El miércoles, presentó desde Córdoba el nacimiento del Frente Cívico-Somos Mayoría, un colectivo social en el que espera aglutinar a todos los ciudadanos afectados por la crisis y que quieran cambiar las cosas. En Córdoba, en el bar de su calle que donde le sirven el café sin preguntarle, recibe a El Confidencial. Tiene 70 años y a pesar de su delicado estado de salud rebosa vitalidad. Es consciente de su edad y siempre repite que ahora sí: el Frente Cívico, dice, es “lo último que puedo hacer por mi país”.

El Frente Cívico no es un partido, como usted ha repetido una y otra vez. ¿Es imposible cambiar las cosas desde dentro, ganando unas elecciones?

Metafísicamente imposible. La vía de cambio es la vía democrática que implica elecciones, pero más cosas. La vía electoral jamás conseguirá un cambio en la sociedad. ¿Estoy negando que haya elecciones? No. Digo que además de las elecciones, la lucha en la sociedad, la lucha de ideas, el cambio cultural, la organización de la gente... Todo eso también vía democrática. Eso sí. Pero simplemente por ir a votar, nunca. Porque el votar se transforma en un acto que depende de unas campañas en la que algunos tienen más dinero, las leyes electorales y un largo etcétera. En España, por ejemplo, sería imposible que la izquierda, la que sea, eh, pudiera ganar con esa Ley Electoral tramposa. Así que afirmo rotundamente que vía electoral es imposible. Vía democrática, sí. Que implica por supuesto la vía electoral, pero la supera.

El pasado miércoles usted dijo que “los partidos han envejecido” y que “todo el andamiaje de la Transición se ha venido abajo”. ¿El Frente Cívico plantea un nuevo sistema electoral o una nueva concepción de partidos políticos?

El Frente Cívico está empezando, está balbuceando, y no se plantea grandes debates. Si de mí dependiera, no. ¿Por qué no observamos todo el mundo que bulle? Colectivos ecologistas, de izquierdas, el 15M... Otro mundo es posible. ¿Se ha dado usted cuenta de que no salen del mismo núcleo? Convoque usted la manifestación y allí hay 300 siglas y tres personas. ¿Por qué? Porque es más cómodo. El problema es que quien tiene que hacer los cambios es la inmensa mayoría, que a veces no quiere. Por tanto el Frente Cívico se dirige a esa mayoría. Por eso hemos eludido utilizar las palabras derecha/izquierda, y no porque no lo seamos, sino porque sustituyendo los iconos verbales hemos colocado una propuesta que afecta a la gente, lo concreto, lo inmediato. Lo nuestro es dirigirnos a la inmensa mayoría, que tiene castaña: es contradictoria, gente de derechas, son pasivos, hay gente que se mueve y no sabe cuáles son sus intereses, están divididos electoralmente. Esa es nuestra tarea. Frente Cívico trata de dialogar con la mayoría y decirle qué medidas vamos a tomar para intentar liberarnos, concretas, inmediatas. Soy muy enemigo de que en el Frente Cívico se inicien grandes debates sobre modelos del Estado. Si se inician, porque la gente lo decida, bueno. Pero desde luego por mi impulso no.

¿Qué le pasa a la izquierda en España? ¿Es tímida, timorata o también ha envejecido?

Primeramente vamos a preguntar qué es izquierda. Porque si usted me pregunta que si la izquierda es los partidos, por sus carnés le diré: no existe. Lo que ocurre es que la izquierda ha caído en la rutina, está esclerotizada. El pensamiento de izquierdas, por su propia definición, es un pensamiento vivo. Pero cuando la izquierda cosifica sus postulados se transforma en su adversario. ¿La izquierda ahora mismo qué está haciendo? Defendemos a la clase obrera y la clase obrera se defiende o no. Porque claro, cuando se dice que se defiende a la clase obrera, hay que decirle: espabila. Es que entonces no me votan. Pues que no te voten. Es decir, ha perdido esa fuerza que tenía el discurso profético. Que hay que cambiar de vida, que hay que vivir de otra manera, que hay que dar ejemplo con la cotidianeidad. Eso lo ha perdido la izquierda. Se ha transformado en otro aparato electoral, como otro cualquiera. Con otros clientes, digamos, que además le son bastante infieles.

El pasado miércoles durante la presentación del Frente Cívico no se vieron muchos cargos o militantes de IU. ¿Cómo son sus relaciones ahora con ellos? ¿Están molestos? ¿Los echó de menos?
No. Pero no por menosprecio. Tuve al día siguiente la grata sorpresa de que el coordinador de IU en la provincia de Córdoba [Pedro García] recomendó que la gente de IU trabajase en el Frente Cívico. Ellos saben perfectamente a quién me estoy dirigiendo y lo que estoy proponiendo. Nosotros nos definimos: en el fondo lo que queremos es pesar en un lugar de la historia. A veces hay que negarse. Tenemos que conseguir a esa mayoría, que es la única capaz de cambiar esto. El resto son discursos un poco narcisistas.

El miércoles, usted dejó su carnet de Izquierda Unida sobre la mesa...

Mi carnet del PCE, que es más importante (risas). No abjuré de mis principios ni renegué de mi partido. Dije que lo dejo aquí para que se vea que hago un gesto de desnudarme, para que la gente también entre. Desnúdate tú de eso de Todos los partidos son iguales. Eso te lo quitas. Claro, esto es una provocación, un reto. Decís que lo que hay que hacer es tocar los problemas concretos, venga, vamos allá. Claro, uno se encuentra que después en el fondo la gente encubre su adscripción política con esas cosas. Yo se las quiero quitar.

La historia se repite, primero como tragedia y después como farsa. ¿Está de acuerdo? ¿En qué fase estamos?

Ni si quiera en la farsa. La farsa es un género literario que tiene una cierta calidad. Hay autores, por ejemplo Muñoz Seca o Jardiel Poncela, que tenían una enjundia. Estamos ante algo que no tiene calidad ninguna. Es una especie de sucedáneo. Pero de la nada, porque ni siquiera es un sucedáneo de algo. Es Twitter, más declaraciones, más urnas. Eso es lo que hay ahora.

Usted habla que vivimos una situación de “emergencia nacional”. La más grave en la Historia de España. ¿Todo puede ir a peor aún?

Sí, claro. Todo es perfectamente empeorable.

¿Hasta dónde?

Pues a que haya vagabundos en las calles, más todavía. A que surja nuevamente la caridad de los conventos. A que el mercado lo solucione todo. Que la gente con dinero tenga guardias personales, como en la Edad Media, porque la Policía, diríamos oficial, ya no sirve. A que se privaticen las cárceles, que hay por ahí un proyecto para eso. Pues sí, eso es peor. Pero en eso estamos. Estamos llegando ya mentalmente. La gente a veces lo dice y no se está dando cuenta de lo que está diciendo. La están conduciendo a que lo diga.

Es difícil ilusionar a la gente con esas perspectivas. ¿Qué ofrece el Frente Cívico para sumar a la mayoría? ¿Qué le promete?

Aparte de que el Frente Cívico tendrá su propio discurso, yo voy a decir el mío. Yo nunca he ofrecido nada. Esto es un puesto de lucha: ven. Sin más alharacas y sin más lenguaje florido.

¿Verá usted la III República con los méritos que están haciendo los Borbones?

No es un problema de los Borbones. El problema de la república no es la monarquía. La República no se define porque haya un jefe de Estado elegido. No. Esa no es su principal característica. Radicalidad democrática, sufragio universal, acceso a la propiedad, justicia social. Eso es la República. Y eso necesita de una sociedad de ciudadanos, con conceptos cívicos. Y a partir de ahí a la Monarquía no hay ni que sacarla. Se va. Por eso, tantos republicanos que están cada día atacando al Rey están gastando energías inútiles. O bien justificando su vagancia y embistiendo a algo que es una especie de monigote que cuando todo se vaya cambiando no dura ni cinco minutos. Como le pasó a Alfonso XIII. O como le pasó antes a Isabel II. Entonces, hombre, si el monarca hace ciertas cosas que no son correctas deben ser criticadas. Pero cargar todas las baterías contra el Rey hablando de la República francamente es una memez.

En ese caso, quedan pocas repúblicas en Europa, aunque lo sean sólo por su nombre...

Hombre, todas las que existen oficialmente sí las ponemos al lado de las monarquías, que son sistemas mostrencos. Porque si hay algo viejo es una monarquía. Digamos que formalmente son repúblicas. Y repito, incluso a nivel formal mejor que la monarquía. Pero después, en el sentido de república que yo hablo, no hay ninguna.

Usted habló en su intervención del 15M. Desde que dejó de ser coordinador general de IU había estado ocupando una segunda línea en conferencias y escritos. ¿El 15M ha provocado que usted dé el paso para conformar el Frente Cívico?

Yo dejé de ser coordinador general de IU creo que fue el 28 o el 29 de octubre del año 2000, en una asamblea. Convoqué a los medios de comunicación a una rueda de prensa y dije: en dos años voy a estar callado. Y cumplí. Y cambio de trinchera, pero no de lucha. Y seguiré luchando hasta que mi corazón lo permita, o mi salud, o mi vida. De modo que no ha sido volver como unos piensan. Me he adelantado hacia el proscenio en un momento pero con voluntad de retirarme enseguida. Así que no he cambiado lo que pensaba. He asumido que tenía que dimitir y ya está. En mi vida siempre he tenido que dimitir antes. Dimití de alcalde, tuve que dimitir de presidente de IU-CA, tuve que dimitir antes de coordinador de IU. De la misma manera que tuve que ir siempre apagando fuegos. Mi vida ha sido una permanente tensión y eso, después, lo va a pagar la salud. Pero bueno.

¿Esperanza Aguirre ha dimitido o la han dimitido?

Aunque a mí no me lleva mucho tiempo pensar en eso, es muy raro. Yo no creo que sean problemas de salud. En el fondo debe haber algo raro, de características de escándalo que no puedo calibrar, porque lo de que yo tengo que hacer el relevo. Hombre, yo eso lo he hecho. Pero lo he preparado. El relevo se prepara en unos meses, en unas semanas, se va hablando con la dirección del partido, se va anunciando. Esto ha sido por sorpresa. Algo se teme. No sé qué. Desde luego el mundo que la rodea no es un mundo para estar tranquilo. Es un mundo donde, como los buitres, los jueces están todo el día planeando.

El Financial Times ya ha publicado que el ministro de Economía, Luis de Guindos, está negociando el rescate total a España.

El secuestro total. Lo llaman rescate, pero es un secuestro.

Cuando eso ocurra, ¿se tiene que ir el Gobierno?

Se tiene que ir el Gobierno y la oposición. Los dos. Porque la política es la misma, con matices. Ha hecho crisis todo el ilusionismo que surgió con Maastricht. Se ha ido al traste toda la serie de mentiras, de estupideces y de boberías de tanto europeísta en la inopia, que no leía sino las consignas de su partido. Maastricht es esto. El euro es el marco cambiado de nombre. Muchas alegrías, pero es incompatible una moneda única en países como Alemania y los llamados PIGS. O se van los PIGS, los echan, o se va Alemania. Salvo que cambie el concepto. No lo que ha dicho Durao Barroso, que habla de un Estado Federal, unas cosas muy raras. Por tanto, si nos rescatan habrá más vueltas de tornillo hasta que la gente estalle. Y cuando la gente estalle pues ya veremos lo que pasa.

¿Qué está pasando en Cataluña y el País Vasco?

Mire, eso sí que es una farsa.
 Yo diría que es una comedia de Muñoz Seca, que tenía cosas geniales. Lo de Cataluña ya es tremendo. Unos dirigentes que votan las políticas más reaccionarias porque son fieles a su tradición. La burguesía catalana ha sido la más traidora a la hora de haber cambiado el país. Pudo, pero le dio miedo. Ahora hacen lo mismo que hacía Cambó. Cambó amenazaba Madrid con la independencia para sacar la pela. Y eso es lo mismo. Lo que ocurre es que en la calle el tema de la independencia tiene una especie de eco porque es muy simple, y somos un país de simplezas. Creen que con la independencia se van a solucionar los problemas. Naturalmente, yo soy partidario de que el pueblo catalán decida. Y que después asuma su responsabilidad. Creo que por demócrata el pueblo tiene que decidir. Ahora, a partir de ahí, si resulta que las empresas catalanas... Ah amigos, ¿queréis volver entonces a formar parte? Pero esto lo ponía en claro el movimiento obrero si existiera, que no existe. Cuando hiciera de la lucha social el eje estos nacionalistas de derechas se esfumaban, porque siempre han vivido a base de estar engañando, chantajeando, pero después votando a los gobiernos de derechas en el Parlamento español. Han sido un tanto trabucaires, por utilizar una expresión catalana. Pero bueno, el problema es que la gente se lo crea. Y por tanto, hágase la voluntad del pueblo soberano. Y el pueblo soberano después que apeche con lo que decida.

¿Y en el País Vasco?

Hay elementos distintos, porque lo que acabo de decir es del PNV. Lo que pasa es que el PNV es un poco más avanzado que CiU. Y después está la izquierda abertzale. Donde hay izquierda y donde hacen de la lucha social el planteamiento de la lucha nacional. Vuelvo a decir que en un mundo globalizado no entiendo que la independencia pueda servir para cambiar la sociedad. No lo entiendo, aunque respeto la opinión. Pero tiene ese elemento de diferencia. Queramos o no, el Estado español ha sido este. Igual que hay nacionalismos hay un nacionalismo español, igual de trabucaire. El de banderita tú eres roja, etcétera, etcétera. En España ha faltado el siglo de la razón. Hemos sido un país de consignas, de grandes sentimientos, de emotividades. Muy poco de razón. Y fíjese que somos un país que no tiene miedo a ponerse delante de un toro pero ve un libro y se echa a temblar.

¿Por qué no quiere hablar de Carrillo?

Porque no, porque quiero ser fiel a mí mismo.

Tomado de: http://extremaduraprogresista.com/index.php?option=com_content&view=article&id=15291%3Ajulio-anguita-cuando-la-gente-estalle-ya-veremos-lo-que-pasa&catid=40%3Alibre-opinion&Itemid=59

sábado, 31 de marzo de 2012

Agambem. La feroz religión del dinero


SI LA RELIGIÓN FEROZ DEL DINERO DEVORA EL FUTURO
Para comprender lo que quiere decir la palabra “futuro” antes hay que entender lo que significa otra palabra, una que ya no acostumbramos a usar más que en la esfera religiosa: la palabra “fe”. Sin fe o confianza no es posible el futuro, hay futuro solo si podemos esperar o creer en algo. Ya, pero la fe ¿qué es? David Flüsser, un gran estudioso de la ciencia de las religiones –pues existe una disciplina de tan extraño nombre– estaba hace poco trabajando en la palabra pistis, que es el término griego que Jesús y los apóstoles usaban para “fe”. Aquel día, que iba paseando por casualidad por una plaza de Atenas, en un momento dado alzó la vista y vio ante sí escrito con grandes caracteres:Trapeza tes pisteos. Estupefacto por la coincidencia, miró mejor y a los pocos segundos se dio cuenta de que se encontraba simplemente a la puerta de un banco: trapeza tes pisteos significa en griego “banco de crédito”. Ese era el sentido de la palabra pistis, que llevaba meses tratando de entender: pistis, “fe”, no es más que el crédito del que gozamos ante Dios y el crédito del que goza la palabra de Dios ante nosotros, a partir del momento en que la creemos. Por eso Pablo puede decir en una famosa definición que “la fe es sustancia de cosas esperadas”: aquello que da realidad a lo que todavía no existe, pero en lo que creemos y tenemos confianza, en lo que hemos puesto en juego nuestro crédito y nuestra palabra. Algo así como un futuro existe en la medida en que nuestra fe logra dar sustancia, es decir realidad, a nuestras esperanzas. Pero ya se sabe que la nuestra es una época escasa de fe o, como decía Nicola Chiaromonte, de mala fe, de fe mantenida a la fuerza y sin convicción. Una época, por tanto, sin futuro y sin esperanzas –o de futuros vacíos y de falsas esperanzas–.
Pero en esta época nuestra, demasiado vieja para creer verdaderamente en nada y demasiado listilla para estar verdaderamente desesperada, ¿qué hay de nuestro crédito? ¿Qué hay de nuestro futuro?
Bien mirado, existe aún una esfera que gira toda ella en torno al perno del crédito, una esfera a la que ha ido a parar toda nuestra pistis, toda nuestra fe. Esa esfera es la del dinero, y la banca –la trapeza tes pisteos– es su templo. El dinero no es sino un crédito, y de ahí que muchos billetes (la esterlina, el dólar, si bien no, quién sabrá por qué, quizás esto nos debería haber hecho sospechar algo, el euro) aún lleven escrito que el banco central promete garantizar de alguna manera ese crédito. La consabida “crisis” que estamos atravesando –pero ya ha quedado claro que eso a lo que llamamos “crisis” no es sino el modo normal en que funciona el capitalismo de nuestro tiempo– comenzó con una serie de operaciones irresponsables sobre el crédito, sobre créditos que eran descontados y revendidos decenas de veces antes de que pudieran ser realizados. En otras palabras, eso significa que el capitalismo financiero –y los bancos, que son su órgano principal– funciona jugando con el crédito, que es tanto como decir la fe, de los hombres.
La hipótesis de Walter Benjamin según la cual el capitalismo es en verdad una religión –y la más feroz e implacable que haya existido nunca, pues no conoce redención ni tregua– hay que tomarla al pie de la letra. La Banca, con sus grises funcionarios y expertos, ha ocupado el lugar que dejaron la Iglesia y sus sacerdotes. Al gobernar el crédito, lo que manipula y gestiona es la fe: la escasa e incierta confianza que nuestro tiempo tiene aún en sí mismo. Y lo hace de la forma más irresponsable y sin escrúpulos, tratando de sacar dinero de la confianza y las esperanzas de los seres humanos, estableciendo el crédito del que cada uno puede gozar y el precio que debe pagar por él (incluso el crédito de los estados, que han abdicado dócilmente de su soberanía). De esta forma, gobernando el crédito gobierna no solo el mundo, sino también el futuro de los hombres, un futuro que la crisis hace cada vez más corto y decadente. Y si hoy la política no parece ya posible es porque de hecho el poder financiero ha secuestrado por completo la fe y el  futuro, el tiempo y la esperanza.
Mientras dure esta situación, mientras nuestra sociedad que se cree laica siga sirviendo a la más oscura e irracional de las religiones, estará bien que cada uno recoja su crédito y su  futuro de las manos de estos lóbregos, desacreditados pseudosacerdotes, banqueros, profesores y funcionarios de las varias agencias de rating. Y acaso lo primero que hay que hacer sea dejar de mirar tanto hacia el futuro, como ellos exhortan a hacer, y volver un poco la vista al pasado. Pues solo comprendiendo lo que ha sucedido, y sobre todo tratando de entender cómo ha podido ocurrir será posible, quizás, reencontrar la propia libertad. La arqueología –no la futurología– es la vía de acceso al presente.
Fuente: http://blogs.publico.es/fueradelugar/1980/giorgio-agamben-credito-fe-y-futuro

miércoles, 22 de febrero de 2012

Aislamientos presentes. Ignacio Castro


“Las tecnologías de la comunicación no ofertan comunidad sino aislamiento y agregación”. Ignacio Castro Rey

Sin dramatismo, el ensayista español se explaya en esta entrevista sobre el paradigma de control, la neutralización de la subjetividad, la “conexión masiva del narcisismo” que promueven las redes sociales, entre otros conflictos del mundo contemporáneo.

POR PABLO E. CHACÓN




En La depresión informativa del sujeto. Esencialismo e indiferencia (ediciones Grama), el ensayista español Ignacio Castro Rey explora cierto costado de las nuevas tecnologías de la información; conjetura sobre la supuesta ‘libertad’ que promueven esos sistemas y sostiene que el capitalismo –en cualquiera de sus vertientes– es un dispositivo de amansamiento disciplinario por sustracción. Asegura que “el sujeto transfiere a la religión socio-estatal todas las decisiones vitales, desde su medicación hasta la descendencia y su divorcio” y encuentra respuestas en la literatura: “Insisto en que, no lejos de Clarice Lispector, debiéramos volver a concebir la libertad como una negociación con lo que nos ata, una travesía por nuestra patología más turbia”. Esta es la conversación que sostuvo con Ñ digital desde Madrid.
-La idea de ‘drama de vivir’ o el rechazo a la finitud que detectás en la sociedad contemporánea, ¿implica un cambio de paradigma, un salto epocal que supone ciertas condiciones? ¿Cuáles serían esas condiciones y a qué política responderían? 
-Creo que el panorama subjetivo que intento precisar en mis libros es nuevo solamente en parte, pues arranca de fenómenos de normalización ya diagnosticados en el siglo XIX por (Max) Stirner, (Soren) Kierkegaard o (Friedrich) Nietzsche, entre otros (creo que Karl Marx se nos ha quedado un poco más anticuado). El odio a la finitud, bajo esta apariencia de flexibilidad contemporánea, no ha dejado de acentuarse y precisarse en las últimas décadas de Occidente. Al fin y al cabo, ese rechazo a la condición mortal está arraigado en el eje del capitalismo como espíritu (separación de la ‘cultura de los sentidos’, según Max Weber) y en la pasión por la seguridad de lo regular. Lo que ocurre es que, tal vez desde la Segunda Guerra, esa aversión no ha dejado de hacerse más capilar o microfísica, con la puesta en pie de un tipo de poder flexible que entra en un ‘cuerpo a cuerpo’ con el individuo.
La diferencia entre el paradigma disciplinario y el del control, según (Michel) Foucault y (Gilles) Deleuze, es justamente el cambo del sistema de encierro masivo, rígido y represivo en el primer caso, por un sistema de control de ‘geometría variable’ en el segundo caso. Esto último se parece a un poder-surf que es más maternal y sonriente que paternal y autoritario. Las paredes fijas de la autoridad permiten al menos que el individuo sepa donde están los límites de su autonomía, dónde comienza la opresión, y así pueda pensar en rebelarse. Las nuevas formas de poder basadas en la participación interactiva, en la información, la comunicación continua de una crisis que ha de ser compartida, dejan a las subjetividades inermes, sumergidas en una especie de flexibilidad cada vez más cadavérica. El ‘Post-Scriptum’ de Deleuze sobre las ‘sociedades de control’ y muchos trabajos de (Jacques) Lacan y de (Jean) Baudrillard advierten de un poder temible.
-El estatuto de la violencia soterrada, afelpada, sibilina (aparte de la explícita, brutal o como se le diga), ¿cómo opera en el sujeto? ¿No tiene algo que ver esa violencia con el miedo –la ‘inseguridad’– y con el pánico –colectivo– y la pérdida de referencias o garantías, en un mundo que sin mediaciones tiende a pasar al acto, incluso los más peligrosos?
-Es la violencia del ‘pluralismo’ y el consenso que ha penetrado en los cuerpos. Desarrollando trabajos de (Giorgio) Agamben y Deleuze, el colectivo Tiqqun (en ‘Teoría del Bloom’) habla de una neutralización sin precedentes de la subjetividad, una parálisis que tendría estrecha relación con la separación que se ha logrado, en el interior del individuo, entre la identidad y la condición mortal, entre la conciencia y experiencia de los límites, entre el deseo de libertad y la fatalidad de unas condiciones reales de existencia. En el fondo, un hombre sólo puede ser libre si atraviesa y empuña las limitaciones más íntimas que le atan. Esas ataduras (modo de ser, género sexual, carácter, cultura natal y familiar, manías, fantasmas, patología) constituyen la base de su singularidad. Elegimos dentro de esas ataduras, dentro de esa limitación de partida. Pero la violencia de la información consiste en que con una dialéctica entre miedos inducidos y promesas repartidas, ha logrado una dicotomía sin precedentes entre todas las condiciones natales de existencia y la ilusión de la libertad. Esta ‘liberación’ de la identidad de todo lo que sea arraigo crea una oscilación embrutecedora entre estados larvarios y prolongados de pasividad (como máximo de interpasividad, dice Baudrillard), donde el sujeto se mantiene misteriosamente catatónico, y brutales pasos al acto donde el sujeto intenta desesperadamente una catarsis, una realización definitiva. Buena parte de la obscenidad televisiva y de las nuevas formas de delito y crimen, a veces absurdas, no se explicarían sin esta pérdida paradójica del término medio en la sociedad de los medios, un mundo dominado por la mediación infinita. Es la impotencia de la pasividad, inducida por la religión del consenso, lo que crea esos brutales pasos al acto. Como si el yo no pudiera ejercer ya de instancia mediadora entre el ello y el superyó y sólo quedase la oscilación espectacular entre esos dos polos.

-En un momento del libro, la ‘indiferencia’ de la que hablás está acompañada de ignorar, de alguna manera, a quienes nos rodean, el señor que un día se levanta y ametralla una escuela o que se tira, tan feliz que parecía, del balcón. ¿Juega algún papel los dispositivos de evaluación, calidad de vida, estadísticos en ese anonimato mortífero?

-Sí, la indiferencia es el recipiente de la multiplicidad consumista del mercado, del dispositivo genérico del ‘pluralismo’ informativo que se nos ofrece. Toda la atención del sujeto a lo exterior y lejano (comunicación con desconocidos en las redes, noticias, modas, campañas de solidaridad) debe librarlo del peso abrumador de lo cercano, una cercanía que incluye tanto las sombras de la subjetividad como un prójimo cada día más demonizado: es fumador, puede estar enfermo; es inmigrante, puede ser terrorista o delincuente. Los dispositivos de evaluación constante (empresarial, social, médico, escolar) que no tienen una agencia concreta desde la que se ejerza pues su poder está extendido por todo el cuerpo social, hunden al individuo en un anonimato mortífero, una pasividad letal que se alimenta del hecho de que hoy la ilusión de delegación (el nuevo feudalismo) se ha arraigado en la más profunda intimidad. De manera que existe hoy como una transferencia perversa, pues el sujeto transfiere a la religión socio-estatal todas las decisiones vitales, desde su medicación hasta su descendencia y su divorcio. Esto tiene relación con lo que nombra la palabra biopolítica, un tipo de gestión pública que ha llevado la transparencia a los cuerpos: medicina, medicación, psiquiatría, dieta, salud… Cuando por fin ocurre en las vidas algo, algún ‘accidente’ para el que no hay ‘expertos’, y eso exige una decisión en la existencia, ya es demasiado tarde y el sujeto se encuentra desarmado. Entonces es cuando la tragedia está prácticamente servida.

-¿Podrías explayarte sobre la cuestión del ‘comunismo’, de las comunidades de pertenencia inducidas por las nuevas tecnologías de la información, y de la soledad ‘perdida’, o mejor, gestionada por la industria del entretenimiento?
-Creo que sólo hay comunidad (y ‘comunismo’) a golpe de encuentro. No hay comunidad sin presencia real, sin esa complejidad envolvente, sin el reto de un evento real que es contingente y no reversible: no se puede teclear, no tiene varios canales, ni ‘ventanas’ ni ‘pasillos’. Las tecnologías de la comunicación no ofertan comunidad, sino que venden aislamiento y agregación, narcisismo y conexión masiva del narcisismo. Ninguna clase de comunidad, menos aún comunismo: harían falta los límites, el peligro real para eso. Una cosa es utilizar como una herramienta, esclavizar esas tecnologías para forzar una nueva presencia real, como a veces se ha hecho en algunos movimientos sociales. Pero para ello hace falta que una tecnología existencial maneje esa tecnología social. Si falta tal potencia, dejamos que esos medios se conviertan en fines. Y hay una tendencia en esa dirección. El narcisismo es la cara externa del oscurantismo. Estoy con la idea de que las redes sociales son tanto un mecanismo de exposición y drenaje de la intimidad, en esa comunicación constante de idioteces, como también un mecanismo del blindaje más bobo en el individualismo, pues todos los fetiches que se intercambian (fotos personales y familiares, ocurrencias del momento, nuevos ‘amigos’) se ponen en circulación al instante: se ‘comparten’ antes de ser vividos, sufridos. Esa multiplicidad, esa publicación inmediata protege al sujeto de sí mismo, lo protege de lo que hay de intransferible en él. Pero esa protección es suicida, pues convierte el onanismo en ley. El sujeto se limita a reaccionar a las tonterías privadas que le llegan, a narrar su propia pasividad ante el escaparate del mercado. Al perder espacio y tiempo de soledad, de clandestinidad, es difícil que un sujeto así haga otra cosa que interactuar con la servidumbre voluntaria del cuerpo social. Es posible que la asombrosa obediencia masiva en las democracias, tanto o más que los nuevos movimientos sociales, se explique por estas nuevas redes de ‘geometría variable’ que atrapan al sujeto. En este sentido, Internet puede ser no menos alienante que la más nauseabunda televisión. Es preciso volver a aprender a detenerse, a desaparecer, a escuchar el silencio. Es necesario inventar interruptores de esta circulación continua que (incluso clavada en las redes) es la peor de las armas del poder, de un poder que nos expropia por dentro. Es la violencia de vivir la que nos quita el ‘sistema’. Creo que por toda clase de razones, no podemos ceder en ese punto.
-Las cosas ¿eran mejor antes?, ¿vale la pena pensar en un declive social? ¿Quién o qué fuerzas disponen de la adaptación del sujeto al individuo o a la persona, y con qué beneficios?  
-Es un espejismo decir que las cosas eran mejor ‘antes’, ya que siempre hubo mecanismos muy eficaces de captura. Lo que ocurre es que ahora la contradicción entre la oferta de posibilidades virtuales y la estrechez de las opciones reales es cómica. Antes, al menos, no parecía tan fácil engañarse acerca de la crueldad imperante. Digamos, exagerando un poco, que hoy el sujeto es tan ’libre’ que no puede elegir, no puede mantener ninguna opción, tomar una decisión que le comprometa. En este sentido, creo que el hombre siempre ha de retroceder a un ‘antes’ no cronológico para poder decidir. En otras palabras, retroceder a un sustrato existencial de ‘atraso’ o ‘subdesarrollo’ desde donde poder elegir, un agujero negro donde resuene el deseo. Creo que los autores clásicos, de Sartre a Lacan, de Deleuze a Agamben, que de un modo u otro aluden a una decisión no reflexiva, tienen razón. Es necesario mantener viva una región subdesarrollada dentro de nosotros mismos, una vacuola de no comunicación, desde la cual interrogar a nuestra existencia más abajo y antes de esta actualización constante que se nos exige día a día. Antes, en suma, de que el estrés de la variación constante (hoy el poder utiliza el movimiento, no la quietud) nos confunda, nos atrape definitivamente. El cuerpo social entero, en su asombrosa coherencia (que hace reciclable todo evento catastrófico), podría decirse que se mantiene por la huida de millones de átomos de vida de una zona trágica de sombra que les podría hacer ‘libres’. La huida de la tragedia, hacia la comedia, redobla la tragedia. Lamentaría parecer pesimista, pues no lo soy. Todo lo contrario, intento mantener el optimismo sin razones de la infancia… una infancia que no es tanto una edad como una sombra creadora que acompaña a cualquier edad.
-El psicoanálisis, para el cual es imprescindible el tiempo y el silencio, ¿puede dar respuestas a la hiperconectividad y a la ansiedad del ‘evento’?
-Creo que el psicoanálisis, aliado con la literatura y la filosofía, puede ayudar a liberar al sujeto de esa ilusión mortífera de liberación expresiva y constante que se encarna en el cuerpo social y su estruendo comunicativo. Para conseguir sangre fresca, el capitalismo nos obliga a todos a ‘salir del armario’, a huir del silencio y el secreto. Pero eso es una trampa mortal. Sin clandestinidad, sin zona de sombras, sin no reconocimiento, el hombre no es nada. Sin esa escena primitiva que en la modernidad se ha encarnado en la literatura (de Rulfo a Borges), en el psicoanálisis y en la filosofía, no hay nada, ni singularidad, ni decisión, ni (al menos) un modo peculiar de fracaso. Si el sujeto no empieza por tropezar con su trauma más íntimo, ninguna liberación es posible. Insisto en que, no lejos de Clarice Lispector, debiéramos volver a concebir la libertad como una negociación con lo que nos ata, una travesía por nuestra patología más turbia. Todo lo que sea aplazar ese trauma real significa también aplazar un modo de cura más duradero y ético.
-Repito una pregunta que hacés en el libro: ‘¿Podemos temer entre nosotros una batalla sin cuartel contra el alma de la subjetividad, ese Dasein cuya esencia es existencia?’ 
-Sí, insisto en que el alma del capitalismo como cultura es su odio a la esencia de la existencia, la ‘infinitud’ que se encarna en la finitud. De ahí que por todos lados la cultura que nos rodea trate de cortar las relaciones del sujeto con lo que habla en su dolor y en su muerte. Tanto la histeria de la cobertura técnica como la incesante demonización de los alivios autónomos del individuo (el sol, el tabaco, el aire libre, la comida, el alcohol, las relaciones, el sexo) son una astucia de la razón occidental para hacer sociodependiente al sujeto. Una dependencia que después, con más medios técnicos y sociales, ya no tiene cura. Todo lo que no sea recuperar tecnologías de la vida al desnudo, tecnologías que nacen de la propia indefensión de vivir, es entrar en una vía de heteronomía que tiene graves implicaciones psíquicas y corporales.  

-Y algo más: el promocionado ‘ataque de pánico’, la neurosis de angustia freudiana, ¿que pensás guarda de colectivo en ese adentro aterrorizado que impide, muchas veces, salir, estar afuera, a la intemperie? ¿Es una cuestión de temple o de la verdad ilusoria del lazo social? 
-La respuesta anterior incluye también que la cultura occidental, igual que odia la zona de sombra subjetiva desde la cual puede surgir algo singular que nos sostenga, odia también a los pueblos externos, a las culturas exteriores. La geografía y la vida de afuera (calificada sistemáticamente de ‘atrasada’ o ‘tiránica’) es una metáfora planetaria de lo que la cultura capitalista odia en el sujeto. No sólo la humanidad exterior, hasta la tierra misma está en el punto de mira. En este aspecto me parece que Deleuze pone un importante acento no eurocéntrico (lejano al racionalismo francés, a la dialéctica alemana), sobre lo dicho por Lacan y Foucault, a la hora de pensar las otras culturas. Necesitamos a los tres, más Agamben y Baudrillard, para hacer una nueva mezcla que nos permita pensar de otro modo, lo más apartado posible de un canon ilustrado que sataniza a los árabes, a los eslavos, chinos. En este punto, una vez más, la literatura y la poesía con frecuencia han ido más lejos, y antes, que la filosofía y el pensamiento conceptual. Encontraremos en Rilke, Onetti y Handke un caudal indispensable para repensar a nuestros clásicos del psicoanálisis y la filosofía.-

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Entrevista-Ignacio-Castro-Rey_0_646135573.html

lunes, 6 de febrero de 2012

Izquierda oliendo a derecha

La tesis de que la izquierda socialista actúa como la derecha pseudomoderada parece ya un hecho que ha entendido el votante, por eso ha negado el voto significativamente a quienes derrapan de acera; nada de sucedáneos, para tener políticas neoliberales, mejor que las ejecuten sus dueños - dirán.
La tendencia no es sólo desbarre del zapaterismo errático y nómada. La tónica ya la marcó el ahora consejero de  Gas Natural que privatizó y preparó la burbujita del siguiente consejero, genocida para más señas, para quien todo el campo se hizo orégano.
Este artículo de Raffaele Simone define un mundo que sucintamente se vuelve hacia la derecha. Mientras, discursos conservados en formol, redundantes y huecos; trabalenguas de astracán que huyen del pensamiento reflexivo, de la operatividad, del pragmatismo; soliloquios narcisistas que venden nubes vaciadas de humedad, liviandades encaladas, tiras engomadas para cazar votos.
La tramoya tiene demasiados remiendos y apenas camuflan la realidad trasera, ese dulce patio en el que todos, de una manera u otra, se juntan para atender al mismo juego, el de írselo llevando como puedan.



"Esta izquierda huele a derechas"

Raffaele Simone publica 'El monstruo amable. ¿El mundo se vuelve de derechas?', donde reflexiona sobre la incapacidad de las fuerzas progresistas para dar soluciones a los problemas de la actualidad 

El fantasma que recorría Europa se ha convertido en un monstruo insaciable e injusto, que vive de la precariedad de la conciencia crítica de niños asustados. La perversión del asunto es que el bicho no tiene mala cara, que es capaz de eludir la desconfianza de cualquiera, sobre todo, si es suspicacia ideológica. Es un "monstruo amable", tal y como lo ha descrito el lingüista y ensayista italiano Raffaele Simone (Lecce, Italia en 1944) para referirse a la derecha propia del siglo XXI. Esa que se ha adueñado de todo, con una sonrisa. Incluso de la izquierda.
"Bajo el monstruo amable todo será fluido, divertido, fun. Nadie se sentirá triste, todos tendremos la sensación de estar mejor y más contentos. El monstruo amable no destruye: perturba, comprime, enerva, apaga, atonta. Lo único que hará falta será acostumbrarse a pagar la cuenta (acaso a plazos o con tarjeta de crédito)", escribe afilado el autor italiano en El monstruo amable. ¿El mundo se vuelve de derechas? (Taurus). Ese es el cebo del bicho: un buen plato de entretenimiento, capaz de reconfortar en las satisfacciones e inmune a las injusticias y las desigualdades.

Y una buena maquinaria propagandística bien engrasada, con medidas que camuflen el desastre imparable: unas migas populistas en forma de rebajas de sueldos de los gestores de los bancos que tengan ayudas públicas y ya se ha solidarizado el dolor. Todos tranquilos, porque Rato pasará a cobrar sólo 600.000 euros al año. ¿Le llegará para la hipoteca?
El mito del monstruo amable ha pervertido la definición de bienestar: si antes abrigaba con el bien común, ahora lo hace con el lujo y el ocio. Si antes el bienestar era compartido, ahora es radicalmente individualista. ¿Y alguien ha sido capaz de pararle los pies? No. ¿Ni siquiera la izquierda? Tal y como subraya Simone en el libro, la izquierda ha sido completamente incapaz de entender en las últimas dos décadas qué era el mundo globalizado. Posiblemente, porque ese mundo era un invento ajeno. Sea como fuere, Simone, que es de los autores que grita mucho más por escrito que en persona, aclara que la izquierda no ha podido desmontar la estrategia pop (tan divertida como burguesa) de la derecha.
¿Por qué? "No sé, quizás la complejidad de los fenómenos de esa globalización y la relativa mediocridad de las personas que han gestionado en estos últimos 25 años la izquierda en Europa". Esa crisis de la izquierda es tanto ideológica como política, según el profesor. "Sus ideales se han disuelto. La clase obrera ha desarrollado un proceso de distanciamiento al convertirse en burguesía. Sin que se diera cuenta, el electorado tradicional y natural de la izquierda se ha evaporado incluso en un mundo como el que ha dejado la crisis actual", explica.

Profesionales de la política

En cuanto a la representatividad política de la izquierda "La gente se ha distanciado de la política, no cree en ella. Ve corrupción, clientelismo y profesionalización". De hecho, en el libro cuenta cómo la neoderecha se ha aprovechado de este descrédito para limpiar de su discurso político la ideología, considerada como algo antiguo. Pasado de moda. ¿La consecuencia? "El olor de la derecha se esparce ya por todo Occidente y roza el resto del mundo. Tal y como van las cosas, nadie conseguirá escapar de él", certifica en el ensayo breve.
La izquierda ha tenido oportunidades para replantearse sus orígenes, sus motivaciones y sus ideales. Pero "ha dejado que se desgasten". Incluso sus fundamentos más sólidos se han debilitado, paradójicamente: "Con la inmigración clandestina se reveló la actitud pasiva de la izquierda ante uno de los fenómenos sociales más importantes de los últimos tiempos. Ningún partido de izquierda en Europa ha elaborado una posición firme, articulada y concreta de respuesta. Este es un regalo que ha hecho la izquierda a la derecha, porque la derecha sí tiene un argumento para responder a la inmigración clandestina: respuestas extremadamente brutales y de exclusión".
Así es como ve Simone a la izquierda, a remolque de la brecha social que abre la derecha desde finales del siglo XX. De la neoderecha dice que ya no es un partido político, sino "una de las formas planetarias de la modernidad": ubicua, amigable e inaprehensible. Líquida, vaya. Ese buen rollo esconde lo que se conoce, tendencia a la superioridad, la propiedad y la privacidad. "La derecha reconduce las desigualdades entre los hombres a la naturaleza misma. Las trata como algo inevitable o incluso saludable, porque reflejan una disparidad que está en las propias cosas, no en la arbitrariedad de la Historia. Los que están arriba deben aprovecharse de los que están abajo, porque así son las cosas. Por ello, las diferencias no deben corregirse con medidas de reequilibrio, sino que deben dejarse como están, y si acaso sacarse partido de ellas", declara negro sobre blanco.
¿Considera que la izquierda política se ha alejado de esas actitudes? "No, esta izquierda huele a derechas, en actitudes y en comportamientos. Espero su renacer, pero tengo miedo porque supone una clase dirigente inteligente, capaz de darse cuenta de la recuperación de lo perdido y capaz de generar ideas de izquierda y a la altura del tiempo", se lamenta.
Sin embargo, Simone recoge velas al hablar de la indignación mundial. Se revuelve, no parece cómodo con la idea de la calle en armas, a pesar de que una de las críticas más airadas que lanza contra la izquierda adormecida es el "buenismo", la mentalidad de dejar pasar los problemas, la pérdida de radicalidad en sus posturas por miedo a ser tachada de comunista.
"Los movimientos espontáneos son minoritarios, ni siquiera son de izquierdas, son pura manifestación de energía, no tienen tesis ni un programa político, sólo tienen frases contundentes que no son tesis políticas, apenas eslóganes. Ahora el efecto es que los movimientos se han quedado en silencio", comenta con descrédito. "Esos movimientos pueden dar impulsos. No hay discursos articulados. No tenemos más". ¿Antes teníamos menos, no? "Sí. Ahora tenemos energía, pero esta energía tiene que canalizarse en partidos. Reflexionemos sobre sus exigencias. Pero ellos no son una respuesta política".

Lejos de la calle

Lo que confirma la separación entre la clase política y la calle, porque no parece que alguien haya tenido en cuenta sus reivindicaciones. "Exactamente. La izquierda está muy alejada de la calle. Es un indicio preocupante, porque quiere decir que los mecanismos de la democracia han dejado de interesarnos y podríamos acabar por no querer partidos", dice subrayando la amenaza de vuelta de los fascismos y las dictaduras.
De todas maneras, el nombramiento de Mario Monti como primer ministro italiano tampoco quedará como el dechado de democracia directa, que reclama Simone para cualquier país. "Monti no ha sido elegido, pero no hay nada inconstitucional en la decisión", y es que ese monstruo amable sabe jugar hasta con las constituciones (de cualquier país).
"Es un gobierno de derechas, pero responsable, competente, no todas son medidas para aprobar, pero están solventando problemas de hace años. Así que como solución de emergencia va bien. No teníamos otra solución". ¿Cuándo acaba la emergencia? "No sé, porque la enfermedad está en el pueblo y si el pueblo no se corrige no tendremos un futuro de cambio e innovación". Simone no habla en su libro de la capacidad de la izquierda varada para desviar responsabilidades.

Fuente: http://www.publico.es/culturas/420264/esta-izquierda-huele-a-derechas

miércoles, 1 de febrero de 2012

Alberto Garzón

Alberto Garzón marca el camino económico ciego y suicida que el gobierno del PP ha tomado siguiendo las pautas de los terroristas financieros. Los argumentos que rebate son tan lógicos  y contundentes como el frío en el invierno.


Tomado de la Página de Alberto Garzón: http://www.agarzon.net/?p=1635

viernes, 27 de enero de 2012

Camps es lo de menos

Tras "lo de Camps", la gente sigue saliendo a la calle, haciendo sus negocios, alimentando sus sueños, cubriendo como puede el expediente. Nada aparentemente parece haberse movido de su sitio, aunque un repaso a contrapeine por la actualidad bien pueda llevarnos a concluir que dicha   calma da muestras de lo preocupante del momento. Confiar en la bondadosa deriva de las instituciones de este país y en el estoico paso de sus subditos es tan estúpido como esperar una publicidad sincera.

En lo personal debo decir que estas palabras nacen (a pesar de la salubre vida que tengo en relación a otra mucha gente) de una profunda tristeza de verme vinculado e inserto en una patria relajada y displicente, tan confiada a la lotería de los tiempos como inerte. Observar el curso inmutable de los acontecimientos no hace sino que confirmarme la necedad, la anomia, la tala masiva de criterios, la ramplonería chapucera que deriva en una carencia plena de sentido de la lógica, en una ceguera colectiva decadente, en una ignorancia cultivada, en una avariciosa pérdida de valores y la claudicación total a la grosería del todo vale y en todo momento.
¿Quién o qué nos ha sumido en esta bovina y dulzona manera resignada?
¿Dónde se halla el beneficio de tan descabelladas parsimonias?
¿Por qué evidenciar estas observaciones se paga retirando el saludo, perdiendo credibilidad y apoyo público?
¿Qué estamos queriendo camuflar?

El presidente autonómico que tanto quiere a sus amigos ha sido absuelto (por un jurado popular amigo de las faltas ortográficas) pese a la bochornosa contundencia de las evidencias gráficas y puede que tal vez porque un veredicto desfavorable ensuciaría la figura del ahora Presidente que raudo puso la mano en el fuego con cámaras por delante (desdecirse tampoco hubiera sido problema; la palabra en boca de un político es vapor de agua). Los cintas grabadas  mostraban a todas luces un comportamiento fraudulento e impropio del cargo que ostentaba. A cualquier persona decente, solamente la escucha pública le hubiera hecho palidecer y renunciar a sus condecoraciones (sería mucho pedir, ¿verdad?). Una vez más, la frase que Platón acuñó para definir la justicia, como la conveniencia del más fuerte, recobra actualidad, triste realidad. La ley es un entramado pensado para despistar al intruso, de ahí que no busque la verdad, sino el artificio mejor articulado por cualquiera de las partes. Si tienes posibles, sales indemne, sino, acarreas con la culpa ¿Por qué no conocemos político defraudador, gran empresario, aristócrata o banquero alguno que haya cumplido su correcta condena?

Por eso este caso es uno más de la conocida colección verano-invierno de las últimas temporadas. Frente a lo que debería ser el justo establecimiento de unos valores defendidos por leyes impartidas con equidad, por contra se abren impunemente paso con garbo triunfante la barbarie, la chanza y la chulería de unos pocos (los de siempre), con razones laudatorias de Estado. Si los que vienen llevando el mando de esta sociedad, con votos o sin ellos, con rostro o poniendo su sombra, solamente trabajan e interceden por la conveniencia de sus asuntos fecales: ¿A qué podemos aspirar quienes vamos de paquete?

Que un corrupto repita mandato de gobierno no es falta de estructura legal, de sórdidas leyes, de oscuros agujeros (aunque bien pudiera significar una carencia viral de ética), sino más bien la clara consecuencia de un votante cómplice o convenientemente anestesiado (medios hay para ello). Así al menos sucede en España, donde por ejemplo los rankings de noticias más leídas, supongamos que lo fueron realmente, de los periódicos digitales mayoritarios (no los más veraces, por cierto) suelen ser las más insustanciales, anodidas y banales (obviaremos por esta vez los programas televisivos). ¿Qué fuerzas nos mueven entonces como colectivo?


Los hechos nunca van aislados, tienen un contexto que los abriga. Esto me lleva a pensar que al tiempo que las Agencias de (des)Calificación rebajan la solvencia económica española, nuestra democracia se equipara (por abajo, como en las escuelas el nivel educativo) para no hacerles un feo. La pila de papeles que llamamos Carta Magna, más por cuestión de tamaño que de grandeza, es un territorio que irreparablemente merma como el hielo de los polos con el paso de los días.
Así tenemos que una vez actuó de oficio el infecto Tratado de Maastricht, puente aéreo hacia la UE, que a última hora votamos sin haber leído la letra pequeña y que exterminó unos cuantos artículos primigenios; otras veces los indecentes González, Aznar y Rodríguez entrenaron con ella su falaz puntería como si la cosa fuese suya; finalmente los sicarios mercachifles financieros la hicieron hace poco unos retoques estéticos con silicona de tercera, para terminar de cuadrarla ante el estoque. Es decir, que de lo votado en el 78 para asegurarnos un marco de derechos y libertades equitativas, nos quedan para el resto tres sillas, dos mesas y un zapato remendado; de la soberanía del pueblo... ni llegó, ni se la espera. Aquella ilusionada votación, nos recuerda Julio Anguita en una de sus primeros textos de "Combates del tiempo", se hizo para atajar el paro sangrante, la carestía insoportable de la vida, el caos económico y la corrupción, pero como prometer es gratuito y no responsabilizarse también, lejos de lograrse lo allí articulado, todo ha quedado agudizado o al menos convertido en nuestro eterno retorno (realmente el de algunos, a otros la feria les ha ido de vicio).
¿Hacia dónde entonces estamos yendo? ¿Hacia dónde no hemos ido?

Como decía Castelar, España cansa a su historia de tanto repetirla. A tenor de cómo azuzan las cornetas del movimiento, parece que retornamos incautos y resignados, que nos confinamos en la misma tierra yerma de antaño que ya sabemos quemada e inútil y en la que sólo florece la confusión fratricida. La misma en la que si sacas los brazos acuden en masa raudas las bayonetas informativas para dar el alto, pues siguen redactando con bala y crucifijo, en el fondo de un despacho financiero.
¿Cuántos impactos tolera un mismo cuerpo sin ver afectado de pleno su ánimo social? Ráfagas de dislates, sinrazones y petulancias, bombardeos de injerencias, saqueos y desprecios sincronizados que consolidan nuestro déficit social (más hiriente y mortífero que el económico) y hacen incrédula la credibilidad del pueblo.

La primera industria nacional es la creación de chapapote. Somos una de las potencias mundiales. Miremos sino la justicia, tan burda como servil; la Hacienda, sectaria y cómplice con quien interesa; el Trabajo, cada día con menos trabajo (ya somos 5.200.000 desempleados oficiales -yo soy de los que no cuenta- y falta menos para la estabilidad permanente de la cifra); de la Ciencia y la Tecnología nada tenemos, bueno, las llamamos fútbol; la Educación, otra de las futuras mercancías que sólo podrán costearse los niños ricos; para la Sanidad nos iremos poniendo a la espera... Cada uno podríamos añadir diez casos más al elenco.
¿Qué decimos de este vodevil feriante que consentimos cuando lo vemos en Sudamérica, en Italia, en Grecia, en Marruecos, en Turquía, en Rumanía, en...?


Camps es sólo un caso más del retroceso, de la rutina deficiente del sistema que dispone su juego de espejos para amparar y proteger a los depravados que lo sustentan y de la connivencia ciudadana de quienes miramos esperando tras los anuncios más varietés en el programa. Es un bocado más que reduce la democracia como lo será Urdangarín, Gürtel, Faisán, Blanco, los casos de niños robados en la transición, la impunidad de la banca, la consentida oscuridad fiscal de las grandes fortunas, etc. Lo mismo que es un día ya hicieron el caso Botín, los tráficos de influencias, las privatizaciones masivas, los pelotazos urbanísticos que vulneraron la ley del suelo, los GAL, Prenafeta, Naseiro, los Albertos, la Malaya, las prevaricaciones, los cohechos, las prebendas a la Iglesia, los imparables desahucios, las irrecuperables listas de desempleo, los dejaciones y tropelías sindicalistas... uff. Todo esto educa a las nuevas generaciones, les pone en antecedentes sobre cual es el modo impune de triunfar ¿Con qué cara se les puede hablar de valores con tanto cuatrero campando a sus anchas cual Berlusconi? 

Dónde puede uno apostatar de esta nación diría (a fin de cuentas, no es menos que cualquiera de las religiones practicadas) sino fuera porque no pienso hincar la rodilla ni cerrar la boca ante tamaño dislate, como así me han enseñado maestros y mayores.
DG