INTENTOS DE VER CON
Una de las intenciones que siempre he tenido, alentada sobre todo por una gran curiosidad cuasi infantil, ha sido la de lograr en todo momento ver.
Y claro, ver con la capacidad de escrutinio, análisis y raciocinio, tales que con la mirada alcance ciertos frutos.
La tarea artística de todos estos años me ha ayudado a ejercitarme, aunque considero que dicha afición, proviene de un estadio anterior, de una necesidad de conocer, de un interés por estar bien ubicado, con una voracidad de furtivo. De jovencito esperaba llegar a tener la capacidad de generar una opinión propia, diferente, ajustada, mía. Y me bebí libros, artículos, música, arte, viajes a litros, un sinfín de estímulos con los que fui cribando y alimentando mis incipientes reflexiones, haciéndome con ello un aprendiz eterno. Siempre, por ende, he sentido la necesidad de tocar, de comprobar con mi propio tacto las cosas…me hice escultor.
A pesar de todas estas intenciones, de todo el empeño e interés, las cosas se me siguen escapando. Se me caen por el margen de los dedos sin apenas notarlo. Y bien es cierto que esto no me priva de ciertos enfados personales y exigencias férreas, pero que al menos alientan el seguir aprendiendo para la mirada.
Para estos tiempos tan presentes, en los que cualquier movimiento condicionará el inminente futuro, considero imperante y me atrevo a decir que incuestionable, la necesidad de generar un mensaje con criterio propio. Bien es cierto que nos hemos dejado conducir a esta situación de crisis social, económica y política. Que hemos permitido que a espaldas del ciudadano, los más listos, se apropiaran del poder y la dignidad de los que estábamos confiados o mejor llamados: anestesiados, es decir la inmensa mayoría de la masa social que conformamos.
Los listos lo son porque los demás se hacen o se dejan convertir en tontos. No voy a abundar en los métodos empleados, ya los sabemos todos, y tampoco hay que señalar nombres porque nos sobran ejemplos. Ahora bien, sí redoblo mis tambores para pedir un punto de inflexión. Al menos a mi me lo exijo.
Es necesario salir del adormecimiento al que nos hemos acostumbrado para vivir bien y que nos han facilitado, por algo nos lo llamaron sociedad del bienestar. Porque cuando bien-estamos, nada-hacemos. Nos hemos creído que lo alcanzado se ha logrado casi sin esfuerzos, o con una serie nimia de dificultades, que todos hemos asumido como normales (es una buena imagen la de los pasajeros (amorcillados) de la nave por la que Wall.E, el robot reclicador de Disney Pixar, hace de las suyas ¿Seremos así en un futuro no muy lejano?). De momento nos hemos quedado en generar una sociedad impaciente, egocéntrica, voraz, inculta, irrespetuosa, pero sobre todo indolente y complacida. Todos tenemos ejemplos ¿verdad? Incluso en nuestras propias carnes.
Y si este sistema pierde el centro de su felicidad, que en buena parte radica, radicaba, en el poder otorgado por los dineritos… ese inminente mañana del que antes hablaba, se cernirá sobre nosotros con pocas garantías de éxito. Ahora surge en términos generales el malestar y nos hablan en todos los medios de la crisis, la crisis, la crisis, “ma c´cosa questa crisis?” Creo que ésta no se percibe como algo muy extendido, sobre todo porque como nos hemos hecho muy individualistas y nos afecta lo justo, es decir, mientras no nos toca no hay crisis. Pero si mirásemos a los del sector del automóvil o la construcción, o los de las ventanas y los suelos, y, y, y, sólo se observan una complicación vital creciente.
Habríamos de repasar los quehaceres recientes de la vieja Europa para comparar situaciones parecidas de descontento, de incriminación gratuita (como la que ahora se vuelve a hacer, más si cabe a los inmigrantes), de falta de respuesta social al mismo tiempo, de confusión y amansamiento, de desorientación global para poder reaccionar y activar los recursos necesarios que impidan que repitamos una vez más esa historia.
Por tanto, hemos de saber ver tras la mirada, la nuestra, que a fin de cuentas es de las pocas cosas que sí nos son propias. Hemos de cultivar nuestra voz personal, nuestro sentido.
Ya empieza a estar de más el ir al “super” televiso y mediático y a sus diversos panfletos complementarios, a comprar dosis basura de la voz de los demás, porque en sus prospectos evitan poner los principios activos y sobre todo los efectos secundarios. Nos inflamos de ideas que unos inventan para derribar a los de allá y viceversa, batalla ajena a nosotros y nuestros intereses de vida. Nos regalan sus píldoras creadas con “anticuerpos” sin advertirnos de no manejar maquinaria, de consultar a nuestro médico y farmacéutico, pues pueden crear adicción. A no ser que no haya nada mejor que tener un pueblo adicto a las adicciones, que entonces tendría que callarme la boca. ¡Venga, venga, comida rápida con secuelas más que secundarias!
Creo que nos han hecho creer que los importantes de la verbena son ellos y ya participamos en sus debates y dialécticas, sus peleas de intereses, sus negocios ocultos, sus rencillas y lo peor, sacamos pecho por estos o aquellos como si fueran a repartir al final del convite algo de sus pingües beneficios.
¿Dónde están las acciones que palian los problemas de la gente de a pie? ¿Dónde está el político o mandatario que se parte el pecho por los derechos de quienes le han puesto ahí arriba? ¿Dónde están las ayudas, el cuidado, la reposición de lo ultrajado para cada vez más familias?... Migajas, humo, (sin)vergüenza.
En fin, Stefan Zweig en el “El mundo de ayer” (Ed. Acantilado) nos apunta entre otras perlas una con la que voy a cerrar este tercer capítulo: “Cuanto más ingenuo es un pueblo, tanto más fácil resulta embaucarlo”. Obvia decir que es más que recomendable su lectura.
David Gamella
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