viernes, 8 de mayo de 2009

CURIOSO. SIGUE DÁNDOME POR PENSAR

GENERACIÓN EN VENTA

Hoy ha vuelto a darme por pensar y descubro que ya vienen siendo varios los faros que en mi camino encuentro como para concluir que a una nueva tierra estoy, estamos, tal vez llegando. Cuando las señales se repiten, cuando éstas son del mismo orden y comparten alguna familiaridad, puede que vengan a trasmitir el mismo mensaje: ¡Atención, peaje!

Este espacio podría ser un territorio, un paraje, tal vez todo él un continente…, las dudas nominativas implican que aun es pronto para poderlo catalogar, pues la distancia aun no permite mejores apreciaciones.

Pero desde la lejanía en la que me encuentro, bastaría para destacar ciertos accidentes, curiosas rocosidades que perfilan un estilo, una peculiar manera y que anticipan lo que sí me atrevo a definir como un nuevo paisaje.

Sin demorarme más en esta antesala, quisiera recalar en un suceso alumbrado en los neones de la noche, donde a duras penas se distinguen los gatos de los osos pardos. Ambiente adolescente, garito y cartel para atraer al personal: ¡Subasta de niñas! En la que obviamente pujan los niños, aprendices de “machos poseyentes”, para un futuro más que cercano.

Sin ampliar los datos de la noticia con las posteriores explicaciones y justificaciones que han ido adornando tan glorioso jardín, me sobrecoge el acto en sí por lo contundente de sus implicaciones sociales, culturales y emocionales. Sobre todo cuando entre las/los protagonistas del evento redunda la frase mágica: “que no paaaasssa ná”. Claro, por no pasar, no pasa nada, simplemente que las prácticas propias de una lonja o de las ferias de ganado se ha instalado como antecámara para una relación humana. ¡Unas personas acceden a ser subastadas (por sub-bastardores)! Me asaltan inmediatamente preguntas ¿Es tan sólo un acto irrelevante con objeto de llenar una sala? ¿Qué principios reinan en las cabezas de los organizadores?¿El que allí acude es consciente de lo que significa pujar por una persona? ¿Quién accede a ser subastada conoce lo que pierde? ¿Es tan difícil hoy día entablar una relación personal alejado del burladero informático? ¿Ha calado ya hasta entre los que debían estar aun preservados, la realidad del individuo-mercancía? …

Hay voces sanas que han alzado el tono aparcando un instante sus discursos cotidianos y han intentado sembrar un tanto de cordura entre los que ven esta situación como normal, como desactivada e inerme.

De un plumazo las cosas acostumbran a pasar del blanco al negro sin apenas darnos cuenta y por ir algo más allá de este singular caso, creo que es de recibo traera la memoria los años de trabajo y lucha de miles de mujeres (y algunos pocos hombres), personas a las que se les negaron principios, hoy ya creía superados por su género, y que han ido dejando su piel a los pies de la historia para que sus coetáneas y por herencia sus sucesoras disfrutaran de una serie de derechos e igualdades (de los que jamás debieron carecer), de reconocimientos y bondades secuestrados por el mundo varonil, y que no se arredraron ante nada ni nadie, entregando como pago incluso hasta sus vidas. Pues bien, de ese plumazo, plumón festero y parrandalero “esta generación rodillo” tritura todo ese esfuerzo en una festiva tarde-noche discotequera: ¡Pero que no passsssaaa ná, coleeega! –vuelven por sus foros. Como tampoco pasa nada por “cocerse” todos los fines de semana (con el consentimiento y amparo de las todas autoridades políticas porque es sinónimo de ser muy “progre” y muy libres. Y digo yo, si a plena luz del día en un jardín público, con toda mi jarcha, concelebro entre voces, cantos y bebidas un “fiestorro”, dejo posteriormente un buen riego de botellas, vasos y demás utensilios propios del encuentro en las respetables zonas verdes de la sociedad bien pensante y para rematar la faena, me alivio de aquella manera, ya que al fin y al cabo es abono para el césped y muy incómodo andar con la vejiga llena ¿pasaría algo?...) Por seguir. Se me ocurre que tampoco pasa nada cuando el índice de suspensos es descabellado, aunque seguramente menor que el grado de analfabetismo funcional que campa por las aulas (habida cuenta de las reformas educativas perpetradas y destinadas concienzudamente a cultivar el desconcierto, la reducción intelectual y los valores fatuos en las edades más sensibles y porosas del ser humano, por más que nos quieran vender lo contrario. ¡Hagamosles rebaño, masa, argamasa!, aflora nuevamente la comparación ganadera). O lo mismo que pasa, en esta línea común adolescente, cuando se reprime y anula la autoridad de cualquier docente que exige esfuerzo y trabajo a ese alumnado adocenado e instalado en la ley del mínimo esfuerzo, que “pa qué voya mové un deo”… pues lo dicho, que no pasará nada.

En fin, son las primeras cuatro tildes que he cogido con la urgencia del vuela pluma, pero que acentúan esta indolencia permisiva del presente en la que hemos acampado. Y aunque no faltarán las otras voces que a mi discurso le tacharían de retrógrado y alarmista, seguido de una larga columna de epítetos escapistas, tranquilizadores y propios de quien cree que todo es válido, no me resistiré a decir que: somos una sociedad suicida que por consumir se consume a si misma.

Vivimos definitivamente instalados en el estado de la pastilla adormedera que religiosamente injerimos (pues sabiamente así nos educaron). Y así andamos de anestesiados, distraídos, entretenidos con mil cacharros, inventos y excusas, mientras dejamos en manos de quienes aun no conocen, el manejo de maquinaria pesada, de una apisonadora letal que va devorando metro a metro espacios ya edificados en los que sí pasaban cosas. Quienes debían respetar, al menos ciertas estructuras, van dilapidando con nuestro total consentimiento un terreno que otros lograron conquistar a base de sentido común y respeto. Sin este respeto no existe el otro, sin el otro no existe sociedad (al menos la habitable). Quien ignora esto e incluso se vanagloria de ello y de otras muchas ignorancias, no puede asumir responsabilidades, no está capacitado para el uso y disfrute de cosas delicadas, pues las podrá desperdiciar sin inmutarse, total, no pasa nada porque nada es importante (demasiada comida rápida, demasiados productos de usar y tirar).

El futuro paisaje tendrá a la fuerza que ser distinto con estos mimbres que se maduran, algo involucionado supongo, tal vez incluso desafinado y agreste, en el que habrán caído en desuso normas de educación, tolerancia y respeto básicas. En él nos tendremos que ver las caras y ya veremos qué ocurre No obstante conviene no dejar de educar, educar y educar. Por si nada pasa.

David Gamella

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